«Cariño, ¿qué quieres ser de mayor?»

«Cariño, ¿qué quieres ser de mayor?»

Reconozco que la primera vez que tuve conciencia de esta frase me inclinaba por pensar que sería cantante.

Cantante de corazones, porque lo mío era llegar a lo profundo, incluso cuando imitar a Mónica Naranjo con tres años no se consideraba todo un desafío. De hecho, yo lo hacía siempre de puntillas, como quien quiere llegar a lo más alto y rozar el cielo con la punta del dedo.

Luego vino la etapa de bailarina, quizás mi mayor logro de niña. Entré en el Conservatorio de Danza de Valencia después de cuatro años de práctica en ballet y. fíjate tú cómo son las cosas, que a los 60 días morí en el intento.

Así que después de este no-fracaso me volqué en los libros, aquellos que me inculcaron desde que tengo uso de razón. Cogí todo ese ánimo de emprendedora que llevaba a cuestas y me monté mi biblioteca ilusiones en el rincón de mi habitación, un lugar privado en el que yo jugaba a ofrecer historias para todos los públicos, algunas, incluso, escritas por mí. Misión imposible: ofrecer un libro por cada año que cumplieras. Y así fue como empecé a coleccionar libros y a valorar las historias que se escondían detrás de ellos. «¿Pero qué libro vas a ofrecer a una persona mayor si nosotras somos pequeñas?» me decía mi prima. «Eso déjamelo a mí, para eso soy bibliotecaria». Aquella fue la tercera profesión en discordia.

Después de aquella época fugaz, me enamoré perdidamente de la saga de Harry Potter, ya que mis padres me habían comprado los tres primeros libros a los ocho años.  Así que cogí mi sillita de mimbre, me senté en el balcón de mi casa y empecé a devorar la historia a través de sus páginas. Al cabo de un tiempo, recuerdo que me preguntaron:

—Cariño, ¿qué quieres ser de mayor?

A lo que yo respondí:

— Quiero ser una escritora como J.K. Rowling.

—Pero ella es una escritora exitosa con una historia innovadora. ¿No crees que es muy difícil?

—Entonces escribiré historias tan exitosas como ella.

Y así es como quise ser escritora.

Una cosa llevó a otra, y al meterme de lleno en paisajes ingleses, nombres exóticos y acento británico empecé a interesarme más y más por esta lengua. Motivo de más para empezar mis clases de inglés tan contenta. Veía a mis profesores, en su mayoría ingleses e irlandeses y pensaba: «jo, yo también quiero ser profe como ellos, pero en Londres».

Así que con doce años llegó la eterna pregunta:

—Cariño, ¿qué quieres ser de mayor?

— ¿Cómo se llama eso que estudias para ser profe de español pero en Londres?

— ¿Filología inglesa? ¿Filología hispánica?

—Sí, ¡eso!

ESO. Y eso estuvo presente durante años en el rincón de las ilusiones. Aunque fue ese mismo rincón el que más tarde me mostró el camino de la traducción. De la traducción y del mundo en general.

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