Road to Hell: de perdidos al río por el Cabo de Gata

Road to Hell: de perdidos al río por el Cabo de Gata

La ruta 66 estadounidense está sobrevalorada. Solo basta con abrocharse el cinturón, dejar de fondo a Café Quijano y poner rumbo hacia la inmensidad de la punta suroriental del mapa.

Aquí se habla español, se paga en euros y se pierde uno igualmente por praderas desérticas de habitantes. Eso sí, sin extraños que te paran con su camión en medio de la carretera.

Bienvenidos a Carboneras, en el Cabo de Gata almeriense. 🌅

 

 

Echo la vista atrás y hay tres recuerdos que me despiertan las emociones y me evocan a un viaje místico: la carretera, el sol y los prados semiáridos.

Efectivamente, podríamos estar hablando de cualquier trayecto a lo road trip por la Costa Oeste estadounidense, con la diferencia de que el nombre de este recóndito lugar no resuena en las mentes viajeras y de que este no ha sido todavía escenario de ninguna película.

Todavía.

PERO ¿QUÉ ES EXACTAMENTE EL PARQUE NATURAL CABO DE GATA-NÍJAR?

Este territorio anclado en uno de los rincones más cálidos de la península, supone una de las reservas marítimo-terrestres más importantes del Mediterráneo y una joya de origen volcánico que ha perdurado hasta nuestros días. Su paisaje está bañado de redondeadas y secas montañas, un litoral muy irregular y una vegetación que reclama al cielo un poco de atención.

Además, te cuento un secreto que no admitirán sus habitantes: adentrarse en él no es tarea fácil; para ello hay que armarse de km de gasolina, infinita paciencia y mucha resistencia al calor. Sin embargo, y precisamente debido a estos tres factores, el trayecto se hace más que apasionante y sorprendente.

¿Quién dijo no a los lugares inesperados?

 

Foto de Gabriel Roca.

UN CIERTO MAGNETISMO

Por el camino podrás disfrutar de paisajes salpicados de naturaleza agreste y salvaje y, cuando la costa asome por alguna de sus ingentes montañas, empezarás a saludar a unas calas vírgenes como ninguna y a las recónditas playas que parecen querer esconderse del mundo.

Porque sí, este es un lugar místico de encanto siningual no apropiado para aquellos que buscan que la tierra les ponga las cosas fáciles. Aquí se viene a explorar, a ir mano a mano de la naturaleza y a pasar por ella con el respeto y admiración que se merece. Un territorio inhóspito en el que perder la noción del tiempo y la señal del wifi.

 

PRIMERA PARADA: CARBONERAS; LA PLAYA DE LOS MUERTOS

Reconozco que las expectativas por una playa arrinconada en la punta del Olimpo no eran muy halagüeñas. Al fin y al cabo, recorrer casi 100 km desde donde me hospedaba en Aguadulce, una de las localidades con una de las playas más famosas de Almería hasta la playa en cuestión, era cosa de campeones aventureros.

Y es que una vez que abandonas la carretera principal y te adentras en los km de tierra hacia uno de los lugares más bonitos del Cabo de Gata el trayecto empieza a ponerse cañero. Aquí es cuando bajamos las ventanillas, subimos el volumen de la música y observamos el paisaje bajo un sol abrasador que arranca la piel. Por el camino, siluetas ancladas en tiempo y en el camino parecen querer formar mares de cactus.

Suena Born to Be Wild.

Pero ahí no es todo. Después de minutos que marcaban el paso de las horas llegamos al punto de encuentro: un aparcamiento minúsculo que hacía regresar a colas de vehículos que veían imposible su entrada. En su lugar, hormigas sobre ruedas se postraban sobre las laderas que la carretera había formado a su paso.

Una vez en el lugar, quedaba la mejor parte: la muralla china almeriense. Descensos precipitados de escaleras que iban marcándonos el paso hasta el deseado paraíso: la Playa de los Muertos, un nombre un tanto representativo de lo que suponía la llegada a ella.

A decir verdad, la historia de este nombre no explica tanto la peligrosidad del lugar —que la tiene, ya que los fuertes vientos y corrientes que se generan en el agua pueden provocarle a uno más de un susto—, sino más bien su fatídico final. Al parecer, aquí llegaban los cuerpos sin vida de cientos de náufragos que habían perecido en el mar.

Inquietante, seguro; y más después de ver un cartel anclado en la montaña que te avisa del camino escarpado de 700 m que estás a punto de recorrer. Una vez llegados al lugar, la inhóspita playa se extiende a sus anchas, y estas dejan entrever unas aguas turquesas que bañan sus pedruscos y que forman el paisaje perfecto para olvidarse de la estresante realidad.

SEGUNDA PARADA: AGUA AMARGA

Muy cerquita de allí, a tan solo 8 km de la Playa de los Muertos, se encuentra una de las playas más famosas para los almerienses: la de Agua Amarga.

Su finísima arena se entremezcla con la gran roca vigilante que cierra el paso a las olas que bañan su costa. En esta playa es donde puedes dejarte llevar y sentir el verano tal y como lo habías conocido: sombrillas, gente y niños jugando a robarse el balón.

Cuando el viento azota, la intensa sal del mar vuela hasta tus poros y es ahí donde sientes la esencia más salvaje y voraz del Mediterráneo. Quizás por eso esa gran roca guarde dentro de sí excavaciones desde donde observar su playa con tranquilidad.

TERCERA PARADA: LAS NEGRAS

Llegamos a uno de los puntos más recónditos y vírgenes de la Costa de Almería: la playa de Las Negras. De nuevo, el camino se hace angustioso e infinito, oportunidad de más para disfrutar de un paisaje de plagado de bosquetes de palmito, esparto y chumberas y para dejar que tu piel adquiera un color tostado.

Con tan solo 349 habitantes, este pequeño pueblo de aire hippie recibe su nombre de un grupo de mujeres que perdieron a sus maridos en un accidente en el mar. Tras la pérdida, estas mujeres se vieron obligadas a vestir de luto y a recorrer los pueblos de alrededor para ganarse la vida.

Reconozco que en este punto el reloj dejó de marcar la hora, el internet se quedó medio colgado y las prisas empezaron a bajar su ritmo. Tras sentar a mi bolsa en una de sus muchas piedras, la vista que se abría ante mí parecía querer acogerme y presentarme a un paisaje teñido de ocres, rojos y naranjas.

—Es momento de descansar— pensé yo.

Así que solté mis miedos, agarré los escarpines y me metí mar adentro como el que se deja llevar por un gran oasis en medio del desierto. Una vez dentro, la naturaleza omnipresente me miraba con profundidad mientras yo permanecía ajena al mundo.

Este es el lugar de las ruinas piratas, de los barcos encallados en el tiempo y de los paisanos que te miran con gracia mientras te cantan:

—Mira qué niña más linda pasa por Las Negras.

Un lugar perenne de monstruos de ladrillo que ha sabido respetar su retiro y autenticidad y que se ve salpicado por cortijos blancos que miran a la costa. Estos, a su modo y con cierto acento campestre parecen querer decir: «Aquí estamos, a pesar de todo».

DESPEDIDA

No es de extrañar que este lugar anclado a otra época empiece a repuntar como destino idílico de vacaciones. Al fin y al cabo, todos hemos soñado alguna vez con perdernos, con hacer de la vida una aventura y con sentir que nada salvo el tiempo y el espacio te pertenece.

Soltar el timón y dejarse llevar por la naturaleza. Quién sabe si nuestro nombre acabaría pintado en alguno de sus rincones.

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