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Acabó la película y se hizo un silencio atronador. De esos silencios incontestables a los que nadie se quiere enfrentar y romper. Después, vinieron los aplausos. En una especie de acuerdo, la sala empezó a aplaudir al unísono como quien entiende que ha llegado la hora de pronunciarse. Desde cada butaca se huele la sensación que se ha ido cociendo a fuego lento: la del respeto y admiración.
Porque La bola negra es eso, un producto audiovisual que se ha permitido el lujo de desviarse de lo convencional para elevar por encima de lo terrenal la categoría de drama histórico.
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Y quizás esa conjugación de costumbrismo del siglo XX con folclore y una buena dosis de realismo contemporáneo español no sea del agrado de todo el mundo, especialmente si a eso le añadimos las más de dos horas y media en que se alarga la película. El cine hollywoodiense suele tenernos acostumbrados a algo más simple, una operación matemática-literaria que parte de la introducción, nudo y desenlace, fin. Cualquier cosa que se desvíe de esa regla inconsciente rompe completamente con nuestro molde prestablecido.
Sin embargo, si tenemos en cuenta que en esta historia se entrecruzan tres historias vitales: una de ficción (la literaria), otra real (la histórica) y otra actual (la documentada) entenderemos perfectamente por qué esta película no podía pasar por la misma lógica. Especialmente si detrás de ella se esconde la magia del virtuosismo de Federico García Lorca.
Aquí reposan las páginas de una obra que Federico nunca pudo llegar a terminar, el dolor de una familia que arrastra los pesares de los silencios del pasado y una generación que lucha entre la contradicción de disfrutar de plenos derechos y libertades y la culpa de entender el sufrimiento que supuso en las anteriores.
A toda esta ingeniería argumental hay que añadirle unas actuaciones sublimes cargadas de simbolismo, unos escenarios que nos descubren la España de los años 30 y la de la modernidad y una música que golpea con precisión con cada escena hiriente.
Porque sí, más allá del incontestable y pulido trabajo, La bola negra brilla por encumbrar un precioso homenaje a Lorca tomando como punto de partida el boceto que dejó guardado. Una merecida reparación artística que España le debía a su mejor poeta casi cien años después de su asesinato.
De fondo, entre diálogos y pulsos a los sentidos, resuena la eterna incógnita que atraviesa el tiempo: ¿dónde se encuentra hoy el cuerpo del poeta? Y lo peor: ¿qué harías tú si la bola negra cayera sobre ti?