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La crítica más ingenua

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«Deja a la chiquilla que haga la foto». Si tuviera que elegir uno de los recuerdos que guardo de aquel viaje, definitivamente sería este. Imagínate una niña inquieta, fascinada por pisar suelo foráneo y con el poder de tener una cámara de fotos entre sus manos.

¡Chas! Foto en el banco de aquel parque. Semanas más tarde, vi que les había cortado la cabeza a todos mis familiares, pero esa fotografía serviría como símbolo que me traería de nuevo hasta aquí.

De hecho, la primera vez que escuché que mis tíos españoles visitaban el País Vasco francés, pensé: ¿hay un país que es francés donde se habla vasco?

O sea, todo al revés. Claro, de esto ya ha pasado más de una década, pero la anécdota me ayudó a ponerle nombre en el mapa.

Lo segundo que aprendí, eso sí, con unos años de más, fue que en esta zona fronteriza de España se establecieron muchos españoles que huían de la dictadura. «Una vez cruces el río Bidasoa, estarás a salvo». ¿Será por eso que por esta zona es tan frecuente oír en boca de un francés aquí, aquí?

Es verdad que yo por entonces no era consciente de una realidad que aún dejaba huella en la zona. A mí más bien me bastaba con un «nos vamos a Bayona a conocer a los tíos de Francia».

Claro que ahora sé que Bayonne es la capital gourmand de la zona, que esta es la última ciudad del País Vasco francés y que su icónica vecina Biarritz la resguarda por la costa. También que el jamón nos transporta a nuestras raíces españolas, que aún pervive esa esencia vasca en el Petite Bayonne y que la pastelería y el queso brebis nos recuerdan que estamos a este lado de la frontera con España.

Pero la realidad es la siguiente. El País Vasco o, en euskera, Euskal Herria, es un territorio que no conoce de fronteras administrativas. Aquí se habla y se vive en vasco, por lo que su cultura y tradiciones se extienden hacia el Iparralde, «parte norte», más allá de los Pirineos.

Aterrizamos en Bayona, la capital de la provincia vasca de Lapurdi (Labourd, en francés) y del País Vasco francés. Lo que poca gente sabe de frontera para abajo, en el Hegoalde o parte sur de Euskal Herria, es que Bayona es el epicentro del chocolate en Francia. Esta combinación extravagante afrancesada, de raíces vascas y vestigios de España no vino de los franceses, ni de los vascos ni de los españoles, sino de una mezcla de estos últimos: los sefardíes judíos.

Pero a pesar de que su tradición vasca engalana el paisaje, yo recordaba que esta ciudad, o más bien ville, tiene un marcado carácter francés. Me lo dijo la memoria. Lo vemos en su sofisticada gastronomía, más preocupada por mostrar su afamado art de vivre que cualquier espíritu tabernero de la época. Lo vemos en sus cuidadas charcuterías, en sus atractivas pastelerías y en las coquetas librerías que parecen querer susurrar: «pasa, pasa».

Bayona con los colores de la bandera de la Ukurriña

El peso francés en la ciudad —en parte, traído de Napoleón, que desterró cualquier intento de manifestación vasca— lo encontramos en su arquitectura. Es de agradecer también ese toque vasco que roza esta parte del norte: entramados de madera de color rojo y verde en las casas y carteles en euskera que recuerdan que aquí aún se comen xistorras en sus míticos taloa.

La casa del tío Pedro y la tía Alice se encontraba en la otra orilla del río Nive.

—¿Tienes la dirección? Aquí todas las casas son iguales.

Pero no todas las casas eran iguales. Ninguna tenía esas escaleras que daban a las grandes habitaciones de arriba. Ninguna de esas casas contaba con una habitación exclusiva para la toilette y, por supuesto, ninguna había vivido lo que había vivido yo.

—Es esta.

Ha sido difícil encuadrar con exactitud la forma que la ciudad guardaba en mis recuerdos. Paseando por sus calles, imágenes borrosas se entrejuntaban con emociones, momentos y frases.

—Aquí he estado yo.

—¿Cómo lo sabes?

—Estoy casi segura. Me suenan esos pilotes.

Luego supe que, efectivamente, yo había estado en esa misma playa de Saint-Jean de Luz años atrás.

Playa principal en San Juan de Luz, al sur de Biarritz. (La Grande Plage, Saint-Jean de Luz)

Lo último que he aprendido, eso sí, de adulta y más de veinte años después, es que los recuerdos me pueden fallar, pero la intuición no. Por aquel entonces no se hacían tantas fotos, ya lo sabes, así que ha sido la memoria la que ha tenido que tirar de las voces que llevaba dentro.

—Este es el parque.

—¿Qué parque?

—Este es el parque donde les saqué la foto a mis tíos con la cabeza cortada.

El tío Pedro y la tía Alice hace años que ya no están. Era muy pequeña cuando los conocí, o quizás eran ellos muy mayores, pero yo sé que una pequeña parte de lo que vivimos, de lo que fueron, permanecerá en esta tierra para siempre. Me lo ha dicho la intuición.

Ah, el parque se llamaba Jardin Public Léon Bonnat.

Comments:

  • Luis Sáez Martínez

    octubre 10, 2023

    Me he emocionado mucho, mucho, al recordar Bayona y sus pueblos cercanos, sobre todo al recordar los seres queridos nuestros tíos Pedro, Alicia, Hermogenes,
    mi madre y por encima de todos ellos mi hermano Paco, que ya no están con nosotros. Mi hermano está vivo en mi memoria. Paco. Gracias a la vida por haber engendrado un ser maravilloso de hija llamada Mariluz. Si estuviera vivo estaría muy orgulloso de tener su hija tan sensible por los valores tan humanos y positivos que tiene.
    Gracias querida sobrina Mariluz por el escrito que as creado me ha gustado mucho, expresaste muy bien la atmósfera, tus sensaciones tu intuición eran y son ciertas, doy fe de ello, todo el ambiente que envuelve al país Vasco frances. Gracias y enhorabuena por este excelente escrito. Recibe un fuerte abrazo de tu tío Luis

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